lunes, 25 de junio de 2012

Habitación 313: Algo de magia

Proyecto de junio de Adictos a la Escritura. El proyecto consiste en escribir un relato en el que aparezcan, preferiblemente como protagonistas, una actriz fracasada y un mago. Estoy escribiendo esto desde un hotel de Torremolinos, ya que no me he traído mi ordenador. Posiblemente, como voy a contra-reloj, contendrá muchas faltas. A la vuelta las corrijo.


Nunca vi a una actriz tan mala, dependiente del éxito y fracasada como Carmen Alfajor. Era la viva imagen del desconsuelo, la pérdida y, en definitiva, de la más absoluta degradación de una figura tan respetable como la de actriz, aunque, naturalmente, con dicho nombre artístico poco se deja a la providencia.

A esas horas de la tarde, el movimiento de mis piernas habían ganado un poco de coordinación. Aún tenía el rancio sabor a ginebra barata en la lengua, no había dormido y tenía que preparar mi actuación del día siguiente. Normalmente los magos no son así, preparan su número con suficiente antelación, pero tampoco me gustaba tanto mi trabajo como para emplear demasiado tiempo en él. De todas formas, mi público no pasaría de los cinco años y cualquier cosa que hiciera sería inocua al resultado final. Simplemente minutos antes de salvar a la paloma de una muerte segura por asfixia, saldría a escena y recitaría aquellas palabras de Paulo Coelho: "La magia es un puente que te permite ir del mundo visible hacia el invisible y aprender las lecciones de ambos mundos." Ellos permanecerían con el gesto inmutable de la sorpresa, sin entender lo que les estaba diciendo, pero tampoco tenía la menor importancia. Esa era la historia de mi vida: un intento de subsistir en ambos mundos no dejando que ninguno de ellos me atrapara por completo, una búsqueda incansable de los pequeños detalles que contienen la verdadera magia en las cosas más insignificantes. El alcohol, la hipnosis, el éxtasis del momento cumbre en la micción, cualquier cosa que me llevara a ese maravilloso mundo de la magia era buscado con ansia.

Deambulé a duras penas por la Gran Vía de Madrid, con los ojos en la acera e inmerso en mis pensamientos hasta que me sacaron de ellos las campanas de la Iglesia de San Martín, en la calle del Desengaño. Continué la marcha y me detuve frente a un pequeño teatro, casi anónimo, que parecía avergonzarse entre los locales majestuosos de la historia madrileña escondiéndose entre dos portales sucios y ruinosos. "Hoy estreno", decía un pequeño cartel escrito con rotulador rojo sobre una foto en blanco y negro. En ella se veía a una actriz rubia de unos cuarenta y cinco años. Sus ojos contenían una imitación barata de la enigmática mirada de Norma Desmond, el eterno personaje de El crepúsculo de los dioses.

Compré mi entrada y me senté. Los asientos, cuya tapicería había sido roja y ahora tenía un tono rosado, vomitaban de sus numerosas bocas el interior de sus entrañas. Conté las quemaduras, conté los asistentes, apenas seis, y contemplé durante largo rato el estado ruinoso de un techo que amenazaba con derrumbarse en cualquier momento. Miré a mi alrededor y pensé que tampoco sería una gran pérdida.

Casi dormía cuando, con una puntualidad ecuatoriana(1), la obra empezó casi media hora después. De la más absoluta oscuridad, nació una voz de ultratumba que denotaba un fuerte acento irlandés. Apenas se le entendía debido a la escasa vocalización y a la pésima sonoridad del recinto. Un gran foco fue dotando lentamente al centro del escenario de la luz suficiente para distinguir a la gran estrella interpretando a una niña de dieciséis años. El decorado, casi inexistente, denotaba una inaceptable reciclaje de obras anteriores. En él se podía ver un sillón estilo años veinte (del siglo pasado) y detrás un telón sucio y raído sobre el que habían pintado (con trazos infantiles e incoherentes) un paisaje protagonizado por montañas heladas en su cima y un extenso campo de amapolas. Avergonzado, sopesé la posibilidad de abandonar el local, pero de todas formas no tenía nada mejor que hacer. La obra, ambientada en el Madrid del siglo diecisiete, narraba la historia de una mujer, desde su pubertad hasta la vejez, que luchaba por el amor de su vida, un conde desheredado que nunca apareció en escena (quizás por falta de presupuesto). La sobreactuación de la protagonista denotaba un afán incontrolable por demostrarse a sí misma, más que al público asistente, su enorme talento, pero lo único que conseguía transmitir era una pésima capacidad de comunicación. A lo largo de la representación, el exceso de maquillaje fue cubriendo su rostro de una grasienta capa ocre y sus ojos fueron desapareciendo tras la oscuridad del cosmético derretido. Intentaba ser Marilyn Monroe, pero no pasaba de recordar, por su aspecto, a la gran Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane?.

Miré el programa y en él pude leer que Carmen Alfajor había nacido en el condado de Cale, en el sur de Munster, Irlanda. Una sonrisa burlona brotó en mi cara al recordar que el apellido Desmond es la denominación inglesa de Deasmumbain, que significa Sur de Munster. Ineludiblemente abandoné el local y esperé a que saliera para provocar un encuentro fortuito:

—Un momento, ¿no nos conocemos? Su cara me es conocida.




─¡Váyase o llamaré a seguridad!


─Es Carmen Alfajor. La vi en incontables representaciones. Era usted grande.


─¡Soy grande!─matizó escandalizada alzando la mirada en un  gesto único e irrepetible─ ¡Son las obras las que se han hecho pequeñas!


Las puertas del Edén se me abrieron de par en par ante esa mirada. por fín yo había encontrado la fuente de la magia y ella un seguidor incondicional.


─Mueve el culo y ponme otra copa─le dije diez años después.






(1) Ecuador es uno de los paises más impuntuales del mundo. Tanto que en 2003 el gobierno lanzó la Campaña Nacional por la Puntualidad. Esta campaña pretendía sincronizar todos los relojes del pais con más de veinte minutos de retraso.



lunes, 28 de mayo de 2012

Habitación 312: Cándida (Proyecto Mayo Adictos)





   La niña apretaba con fuerza la muñeca que le había regalado su padre mientras el juez procedía al levantamiento del cadáver. El cuerpo de Anselmo Matador, médico del pueblo, yacía sobre su cama mientras el sol acariciaba la cortina y jugaba con ella a producir extrañas sombras sobre el suelo. Cándida era una muñeca sin rostro, es decir, sin boca, sin sonrisa, sin expresión, muerta. Tan solo dos puntos negros hacían de ojos y un inmenso lazo rojo decoraba un lateral de su pelo. Un trozo de tela, también roja, cubría su cuerpo y dejaba ver dos piernas rechonchas tan ásperas como el resto del material del que estaba hecha. La niña besaba y acariciaba los cabellos de la muñeca sin hacer caso a lo que acontecía unos metros más allá.

    A la mañana siguiente, Ángela, que así se llamaba la niña, dejaba que el viento meciera sus rizos mientras clavaba sus ojos azules en la fosa. Las mujeres lloraban al verla sobre pañuelos blancos y los hombres, para no ser vistos, volvían la mirada y simulaban un catarro repentino.
 —Mírela —dijo Don Justo, el Juez de Paz—, se le rompe a uno el alma al ver a una criatura de doce años en el entierro de su padre. Tan inocente, tan pura y sin un solo apoyo en este maldito mundo. 
—Deliciosa, es un ángel —contestó el señor alcalde.
—Su madre murió en el parto, ¿no? —le preguntó una anciana octogenaria que cubría sus años con un atuendo negro y lóbrego.
 —No, esa fue su tía Concha. Su madre murió hace un par de años mientras dormía. Cuando me lo dijeron corrí a la casa de Don Anselmo, pero ya era tarde. Se habló de suicidio. Ya sabe, Doña María, cómo son los pueblos pequeños, pero nunca se pudo probar nada.  Y ahora, meses después, vuelve a ocurrir lo mismo. 
 —Si es que cuando la calamidad se ceba con una familia no hay nada que hacer —sentenció la anciana. 
—Nadie está a salvo de un infarto, Don Justo —repuso el alcalde.
—Bueno, ya sabe cómo funciona esto. Aunque yo creo que el pobre hombre no pudo soportar la pérdida de su esposa y murió de amor o desamor… o como se diga. Le asfixió esta vida de mierda que le tocó vivir. Nunca vi a nadie tan unido a su familia. Adoraba a esa niña, la adoraba hasta casi la obsesión y sin embargo la abandona de esta forma. Pobre criatura.
La pequeña Ángela corrió entre lágrimas y se arrodilló abrazando fuertemente la pierna izquierda del juez. Éste, atónito y ante las miradas de los presentes, levantó a la inconsolable niña y la besó en la frente. Un grupo de vecinas enlutadas la recogieron y se la llevaron mientras sus pequeños ojos azules se clavaban en los del juez.

Después del sepelio, Don Justo llegó a su casa, dejó las llaves sobre un mueble del recibidor y vació sus bolsillos en una bandeja plateada. Entre los objetos depositados vio un lazo exactamente igual al de la muñeca y recordó lo acontecido la tarde anterior. Rememoró la sensación de una piel suave, unos ojos inocentes y la posterior llamada telefónica. Abatido dejó caer su cuerpo obeso sobre un sillón cercano y lloró. 
La noche del suceso, el señor alcalde llegó a aquella casa. Detuvo sus pasos ante ella y echó un vistazo. Tras unos segundos tomó aire y se acercó a la puerta. Cuando su mano se dirigía al timbre lo pensó mejor y desistió. Llamó tímidamente con los nudillos de la mano derecha y esperó a que la puerta se abriera. Se sorprendió al ver en su interior a Don Justo en las mismas circunstancias que él; asustado, nervioso, con la misma mirada ausente y con el mismo rostro abatido ante el cadalso que a ambos les esperaba.

Tímidamente, la Luna llegó a los pies de Cándida. No se atrevió a más. Ángela la cogió y la sostuvo sobre su pecho. Se arrodilló ante la ventana, cruzó las manos y en posición de plegaria susurró:
—Perdóname, mama. Yo quería a mi padre. Lo amaba sobre todas las cosas. Era tan tierno, tan cariñoso, tan perfecto que todo desaparecía si él entraba en la habitación. Además de mi padre quería que fuese mi marido. Eras mi rival y por eso tuve que matarte. Después empezó a beber y a ver a otras mujeres. Mujeres rubias, con pechos enormes, que se reían tan alto que incluso las escuchaba con la almohada sobre la cabeza. Cada noche me levantaba, pintaba mis labios de rojo y miraba mi cuerpo en el espejo. Lloraba. Intentaba llorar tan alto como las risas, pero no servía de nada. Yo no era su esposa, ni tan siquiera su amante. Solo era una muñeca en sus manos torpes, un juguete que dejaba en el suelo cuando se hartaba de jugar. Seduje a ese gordo juez. Sí, al alcalde también. Les dije que si no lo hacían lo contaría todo. Casi vomito, pero mereció la pena, no debemos preocuparnos por ellos. Vacié las cápsulas de papá en su vaso de agua sobre la mesita de noche y fui a por Cándida. Sí, aquella que me regaló cuando te fuiste, aquella que ha visto tanto como yo durante tantas y tantas noches. Fue fácil, me senté en una butaca y esperé. Al rato cogí el teléfono y marqué. Una llamada perdida, tal y como habíamos acordado. Tan solo tuve que decirles que pusieran su trasero de trapo sobre la nariz de él y que esperaran unos minutos. Lo hicieron sin rechistar. Pero no te preocupes, este hijo de puta no volverá a tocarme nunca más.


Este es el resultado del ejercicio de este mes para Adictos a la escritura. Consiste en que dos personas escriban usando una imagen. Mi compañera es Nemi y este es el enlace de su relato: 


sábado, 5 de mayo de 2012

Habitación 311: Hombres-lavadora


En aquellos años, aquellos en los que creía ser un adulto y no era más que un proyecto,  solía sonreír. Tenía esa extraña percepción  de cambio, de posibilidad, de camino abierto y con la sensación, como cuando se tiene la palabra en la punta de la lengua y nunca llega, de que la solución de todo la tenía delante de mis narices y aún así era incapaz de verla. Eso era suficiente para dibujar en mis labios la más inocente de las sonrisas. La vieja escuela ha muerto.  Valores como la Democracia, la Justicia o el Bien ha ido perdiendo su vestido rojo, para dejar al descubierto un saco de huesos amarillentos. La vieja guardia está en la calle, dormitando bajo el Wall Street Journal. Todo tiene un límite. A un caballo se le azota para que corra, pero hay veces, algunas veces, en las que la falta de aliento hace caer al equino y muere de agotamiento con espuma en la boca y los ojos desorbitados. En este caso, el cuadrúpedo no es otro que la agotada humanidad de los actos que nos rodean.

A veces nos preguntamos quiénes somos y quienes queremos ser, pero creo que la pregunta correcta sería: ¿Qué somos y en qué nos estamos convirtiendo? Anulando la humanidad de nuestros actos,  ¿qué nos diferencia de un estricto programa informático o una simple lavadora barata? Amamos, vale, una lavadora no ama, pero amamos como nos dicen, vivimos como nos dicen, opinamos como nos dicen que opinemos, en definitiva, cumplimos los mandatos de los dueños de la máquina, tal y como hace un simple electrodoméstico.  Abre los ojos, no somos más que eso.

Todos, absolutamente todos somos testigos y cómplices del abandono. Todos somos cómplices del usurero abusador que lleva de la mano a nuestra ciega voluntad para satisfacer sus deseos más tétricos impunemente. Desde ese momento, desde ese preciso instante nos convertimos en escoria, en excrementos de lo que fuimos, en deshumanizados, en muertos vivientes, en seres que reniegan de su voluntad a cambio de unas monedas (y dicen que Judas era el traidor) y que, carentes de toda decisión, acatan cuanto les imponen sus amos, sí, sus amos, ya que no somos más que mercancía, maquinaria con el mismo valor que una caja registradora o un interruptor de la luz, que se apaga cuando no se necesita o se reemplaza cuando no funciona según nuestro antojo.  ¿Aún no te has dado cuenta?
Vivimos tiempos difíciles, sí, pero no me refiero a la selectiva y darwiniana economía, ni a la nauseabunda crisis de la que nos han infectado los mayores deshumanizados de nuestro tiempo. Parece mentira, pero seguimos abriendo las manos y cerrando los ojos justo antes de oír como cae sobre nuestras palmas la regla del profesor que nos maltrata cuando cuestionamos la lección que nos ha impartido. Dogma de Fe.

¿Cuánta humanidad nos queda dentro? ¿Qué hay del romanticismo en nuestros actos? ¿Qué hay de nuestra decisión? ¿Qué hay de decir NO a pesar de que lo conveniente sea bajar la cabeza y seguir corriendo bajo los azotes del jinete? ¿Qué hay del romanticismo en nuestros actos?  ¿Qué hay de luchar contra la injusticia y de plantarle cara cuando creemos que debemos hacerlo? ¿Qué hay de decir BASTA antes de que nos sorprenda la noticia de que la tan temida muerte nos llegó hace mucho, sin que apenas nos diéramos cuenta y aún así hemos estado décadas funcionando? ¡Estamos muertos! ¿Qué hay de vivir? ¡Estamos muertos! ¿Qué hay de vivir? ¡Estamos muertos! ¿Qué hay de dar el definitivo golpe en la mesa y gritarles a la cara: ¡¡He sido un muerto y quiero dejar de serlo!!!?

Quisiera sonreír algún día, tal y como lo hacía entonces.  Mientras tanto, seguiré escuchando a Dylan y a Cohen, seguiré leyendo a Carver y a Poe, viendo a Brando, a Newman y a Bogart e intentando trasladar sus enseñanzas al resto de mi vida.